La hipótesis Sapir-Whorf: dos versiones
El lingüista Edward Sapir y su discípulo Benjamin Lee Whorf desarrollaron en la primera mitad del siglo XX la hipótesis que lleva su nombre: que la estructura de la lengua que hablamos influye — o incluso determina — la estructura de nuestro pensamiento. La hipótesis existe en dos versiones de intensidad muy distinta.
Determinismo lingüístico (versión fuerte)
La lengua determina el pensamiento: sin las palabras apropiadas, ciertos pensamientos son imposibles. Whorf argumentó que los hablantes de hopi tenían una concepción del tiempo radicalmente distinta a la indoeuropea porque su lengua no codifica el tiempo de la misma manera. Esta versión fuerte es hoy ampliamente rechazada: los seres humanos pueden pensar conceptos para los que no tienen palabras.
Relatividad lingüística (versión débil)
La lengua influye en el pensamiento: no determina lo que podemos pensar, pero afecta la facilidad, la frecuencia y la estructura habitual del pensamiento. Esta versión tiene respaldo empírico sólido. Las categorías disponibles en una lengua hacen que ciertos pensamientos sean más accesibles, más rápidos y más automáticos que otros.
Evidencia empírica: donde la lengua sí parece influir
La versión débil de la hipótesis ha sido investigada experimentalmente con resultados sugestivos en varios dominios:
El espectro de luz visible es un continuo físico: no hay fronteras objetivas entre lo que llamamos «azul» y «verde». Las lenguas dividen ese continuo de maneras distintas. El ruso tiene dos palabras para azul — siniy (azul oscuro) y goluboy (azul claro) — donde el español tiene solo una.
Experimentos de percepción muestran que los hablantes de ruso son significativamente más rápidos en distinguir entre dos tonos que cruzan la frontera siniy/goluboy que entre dos tonos dentro de la misma categoría, incluso cuando la diferencia física es idéntica. Los hablantes de español no muestran este efecto. La lengua no crea la percepción del color, pero afina la capacidad de discriminar entre colores en las fronteras que la lengua traza.
En español, «puente» es masculino; en alemán, Brücke (puente) es femenino. Lera Boroditsky y su equipo pidieron a hablantes de español y alemán que describieran puentes. Los hablantes de español usaron con más frecuencia adjetivos estereotípicamente masculinos («robusto», «imponente», «fuerte»); los alemanes usaron adjetivos estereotípicamente femeninos («elegante», «esbelta», «bonita»).
El efecto es sutil y no determina el pensamiento — nadie cree que los puentes tengan sexo —, pero sugiere que el género gramatical activa, inconscientemente, asociaciones conceptuales que colorean la percepción de objetos.
Los hablantes de guugu yimithirr (lengua aborigen australiana) no usan términos egocéntricos como «izquierda» y «derecha» para la orientación espacial: usan siempre coordenadas geográficas absolutas («al norte», «al este»). Para decir «el libro está a mi izquierda», dirían «el libro está al oeste».
El resultado es notable: los hablantes de estas lenguas mantienen un sentido de orientación geográfica constantemente activo que los hablantes de lenguas egocéntricas no desarrollan con la misma consistencia. Han sido descritos como teniendo un «GPS interno» permanentemente encendido. Su sistema lingüístico les exige una habilidad cognitiva que el español, por ejemplo, no requiere.
Intraducibilidad: lo que se pierde entre lenguas
Si las lenguas estructuran el pensamiento de maneras distintas, la traducción entre ellas nunca puede ser perfecta. Existe un repertorio de palabras en diversas lenguas para las que ningún término en otras lenguas captura completamente el significado:
- Schadenfreude (alemán) — placer obtenido de la desgracia ajena. El español «regodeo» o «malicia» no capturan exactamente lo mismo.
- Saudade (portugués) — nostalgia melancólica por algo amado que se ha perdido o que quizás nunca existió. Intraducible con precisión.
- Sobremesa (español) — el tiempo que se pasa conversando en la mesa después de comer. El inglés no tiene equivalente porque la práctica cultural tampoco existe de la misma forma.
- Mamihlapinatapai (yagán, lengua fueguina casi extinta) — la mirada que dos personas se intercambian cuando ambas desean que la otra tome la iniciativa de algo que ninguna se atreve a proponer.
Estas palabras no son solo curiosidades lingüísticas: son evidencia de que las comunidades que hablan esas lenguas han encontrado necesario nombrar experiencias que otras comunidades no han distinguido conceptualmente con la misma precisión.